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El peso filipino se debilitó más allá de 60,7 por USD, cotizando cerca de su mínimo histórico, ya que la fortaleza generalizada del dólar y la aversión al riesgo continuaron presionando a las divisas asiáticas. El aumento de las tensiones en Oriente Medio —incluidas nuevas interrupciones en el Estrecho de Ormuz tras la incautación de buques y el endurecimiento de las advertencias de la marina estadounidense— mantuvo elevados los precios del petróleo. Los precios más altos del crudo incrementan los riesgos de inflación para economías dependientes de las importaciones, como Filipinas, lo que amplía la carga de pagos externos y refuerza la demanda de dólares estadounidenses. Al mismo tiempo, los flujos hacia el dólar como activo refugio se mantuvieron fuertes en medio de la persistente incertidumbre por el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán.
La política interna ofreció solo un contrapeso parcial. El Bangko Sentral ng Pilipinas elevó su tasa de referencia en 25 puntos básicos hasta el 4,5%, su primer incremento en más de dos años, citando un deterioro en las perspectivas de inflación impulsado por el aumento de los precios mundiales del petróleo y de los alimentos. El gobernador del BSP, Eli Remolona, también señaló que un endurecimiento adicional sigue sobre la mesa si fuera necesario, subrayando una postura de política más proactiva.
